Evangelio del Día 18 de julio del 2020

Evangelio según San Juan 15, 26–16, 4

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo.

Les he hablado de estas cosas para que su fe no tropiece. Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo, cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios. Esto lo harán, porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí. Les he hablado de estas cosas para que, cuando llegue la hora de su cumplimiento, recuerden que ya se lo había predicho yo’’.

Reflexión sobre el Evangelio del Día

Tocaremos un tema importantísimo en la vida de Jesús, cuando él estuvo en el mundo enseñando y predicando, solo estaba él; claro tenía al Padre dirigiéndole en todo momento, pero él estaba solo en el mundo. Ahora cuando fue abducido al cielo nos dejó a alguien muy importante hasta la actualidad, al Espíritu Santo, muchas veces le dejamos de último o no lo mencionamos mucho. Pero este Espíritu representa la presencia de Dios.

A este, Jesús le llamó el consolador, porque esa es una de sus tantas funciones; consolarnos, guiarnos, revelarnos, enseñarnos, cuidarnos y muchas cosas más. Él es nuestra máxima herramienta aquí en la tierra, aunque no lo podemos ver físicamente, lo podemos sentir, y nuestro corazón percibe su poder.

Hay algo particular del Espíritu Santo, y es que él viene o procede del Padre, él sabe los pensamientos de Dios, nos advierte de las cosas buenas y las malas, y lo mejor es que está a nuestra disposición para revelarnos la mente de Cristo, pero debemos buscarle siempre, reconocer que está con nosotros todos los días de nuestra vida, y él hará el trabajo. Así que no nos olvidemos de la presencia del Señor, el cual dejó Jesús para guiarnos hasta su venida.

Oración del Día

Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todos mis pecados y los aborrezco,

principalmente porque te ofendí, eres digno de amor por encima de todas las cosas.

Por eso propongo firmemente, con ayuda de Tu gracia, no pecar más y huir de toda ocasión de pecado.

Me propongo también apartarme del camino malo, empezar a caminar en tu voluntad

Ayúdame a cambiar de dirección, a cambiar mi vida y darte la gloria en todo,

porque mereces gloria, honra, alabanza, adoración y todo mi corazón, Amén.

Salmos 56: 1-10

Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre;
Me oprime combatiéndome cada día.

Todo el día mis enemigos me pisotean;
Porque muchos son los que pelean contra mí con soberbia.

En el día que temo,
Yo en ti confío.

En Dios alabaré su palabra;
En Dios he confiado; no temeré;
¿Qué puede hacerme el hombre?

Todos los días ellos pervierten mi causa;
Contra mí son todos sus pensamientos para mal.

Se reúnen, se esconden,
Miran atentamente mis pasos,
Como quienes acechan a mi alma.

Pésalos según su iniquidad, oh Dios,
Y derriba en tu furor a los pueblos.

Mis huidas tú has contado;
Pon mis lágrimas en tu redoma;
¿No están ellas en tu libro?

Serán luego vueltos atrás mis enemigos, el día en que yo clamaré;
Esto sé, que Dios está por mí.

En Dios alabaré su palabra;
En Jehová su palabra alabaré.

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