Evangelio del Día 17 de noviembre del 2020

Evangelio Según San Juan 6: 16-24

Al llegar la noche, los discípulos de Jesús bajaron al lago, subieron a una barca y comenzaron a cruzar el lago para llegar a Cafarnaúm. Ya estaba completamente oscuro, y Jesús no había regresado todavía. En esto, el lago se alborotó a causa de un fuerte viento que se había levantado. Cuando ya habían avanzado unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús, que se acercaba a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. Él les dijo:

¡Soy yo, no tengan miedo! Con gusto lo recibieron en la barca, y en un momento llegaron a la tierra adonde iban. Al día siguiente, la gente que estaba al otro lado del lago se dio cuenta de que los discípulos se habían ido en la única barca que allí había, y que Jesús no iba con ellos. Mientras tanto, otras barcas llegaron de la ciudad de Tiberias a un lugar cerca de donde habían comido el pan después que el Señor dio gracias. Así que, al ver que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, la gente subió también a las barcas y se dirigió a Cafarnaúm, a buscarlo.

Reflexión sobre el Evangelio del Día

Jesús era muy amado por las multitudes, las personas querían escuchar las buenas nuevas cada día, por eso se aglomeraban para recibir la sabiduría que venía directamente del cielo, muchos eran los milagros que realizaba Cristo en cada recorrido, y en cada ciudad era muy bien recibido y aunque en Jerusalén muchos dudaban, bastantes personas lo seguían porque sabían que había llegado el mesías.

Nuestra vida está en un constante sube y baja, muchas veces recibimos malas noticias, otras veces muy buenas, es indescifrable las cosas que pasarán en un futuro pero lo que sí es totalmente seguro y cierto es que Cristo vendrá por segunda vez a redimir a la humanidad, y nos llevará a un lugar donde no habrá llano, ni dolor, ni muerte, ni sufrimiento, podremos encontrarnos con nuestros seres queridos y compartir felices para la eternidad, lo único que debemos hacer es cumplir la voluntad de Dios y él nos dará la corona de la vida eterna.

Oración del Día

Magníficat

Mi alma proclama la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador;

porque ha mirado la humillación de su siervo. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es santo,

Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación, él hace proezas con su brazo,

Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia al menesteroso, cuida a tu siervo, recuérdame y lléname de tu misericordia

Como lo habías prometido a nuestros padres en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Escóndeme de mis angustiadores, líbrame de todo mal y peligro, encomiendo a ti mis caminos,

Guíame por sendas de rectitud, ayúdame a dar de gracia lo que tu mi Dios me has dado. No me dejes

Caer en tentación, cúbreme con tu sangre preciosa, y tu manto sagrado. “Gloria al Padre y al hijo y al

Espíritu Santo como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos, Amén”.

Salmos 42: 01-11

Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,
Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo;
¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?

Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche,
Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?

Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí;
De cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios,
Entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta.

¿Por qué te abates, oh alma mía?
¿Y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.

Dios mío, mi alma está abatida en mí;
Me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán,
Y de los hermonitas, desde el monte de Mizar.

Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas;
Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.

Pero de día mandará Jehová su misericordia,
Y de noche su cántico estará conmigo,
Y mi oración al Dios de mi vida.

Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí?
¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo?

Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan,
Diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?

¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y por qué te turbas dentro de mí?
Espera en Dios; porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.

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